CAPITULO 43:
En el mundo perfecto de Leo
La cosa iba muy extraña empezaron a aparecer en el suelo y en el cielo pequeñas grietas sin mencionar el hecho que el cielo paso de azul a rojo
En el mundo perfecto
Era un día ideal, como siempre lo era allí. Leo caminaba por el parque junto a Sara, su novia en este mundo perfecto, y sus amigos. Las risas resonaban, el cielo era de un azul vibrante, y el sol calentaba lo justo. Sara lo miraba con ternura mientras charlaban sobre lo que harían más tarde: tal vez una película o simplemente más tiempo juntos.
Pero algo extraño empezó a suceder. Mientras avanzaban, Leo notó pequeñas grietas en el suelo. Apenas visibles al principio, comenzaron a extenderse, mostrando un vacío oscuro bajo ellas. Al levantar la mirada, el cielo perfecto también empezaba a fracturarse.
Leo se detuvo, sintiendo una inquietud que no podía ignorar.
¿Qué… qué está pasando? -murmuró, pero nadie respondió.
De repente, todo se congeló. Sara, los amigos, los pájaros en el cielo, incluso las hojas moviéndose con el viento. Todo quedó inmóvil, como si el tiempo hubiera dejado de existir.
Leo miró a su alrededor, confundido y alarmado.
¿Hola?¿Alguien puede oírme? -preguntó con voz temblorosa.
Fue entonces cuando lo escuchó.
¡Leo! ¡Despierta! ¡Vuelve con nosotros! -era la voz de Verónica, desesperada y cargada de emoción.
Leo giró rápidamente, buscando el origen de la voz, pero no había nadie. Sin embargo, las grietas en el cielo y en el suelo mostraban destellos del mundo real: un hospital, la figura de Verónica arrodillada junto a una cama, sus ojos rojos de tanto llorar.
¡Leo, por favor! ¡No nos dejes! -volvió a gritar Verónica, y su voz resonó como un eco.
Leo comenzó a entender. Este mundo perfecto no era más que una ilusión, un escape que su mente había creado para protegerse del dolor del mundo real. Aquí estaba con Sara, viva y feliz, pero fuera de esto, sabía que Sara había muerto.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
Sara... -susurró, mirando a su novia congelada frente a él, tan real, tan perfecta. -Aquí estás conmigo, pero no es verdad, ¿verdad?
El cielo seguía rompiéndose, dejando ver más del mundo real: Manuel, llorando mientras sostenía su mano; los médicos trabajando frenéticamente para estabilizarlo.
No quiero dejar esto… aquí todo está bien -dijo Leo, cayendo de rodillas. -Pero ellos me necesitan.
La voz de Verónica volvió, quebrada pero insistente:
¡Leo, no importa cuánto duela, tienes que volver! ¡Eres fuerte! ¡No te rindas!
Leo cerró los ojos, sintiendo un dolor desgarrador al mirar a Sara una última vez. Sabía que no podía quedarse.
Te amo, Sara -susurró, mientras se levantaba y caminaba hacia la grieta más grande, hacia el mundo real y todo lo que implicaba.
El mundo perfecto se desmoronaba a su alrededor, pero Leo siguió adelante. Justo antes de cruzar, sintió una suave caricia en su mejilla, como si Sara, incluso en este mundo falso, le diera su bendición para seguir adelante.
Y entonces, todo se desvaneció en una luz cegadora.
Leo corría con todas sus fuerzas, esquivando las grietas que aparecían en el suelo. Cada paso parecía más pesado, y aunque lograba avanzar, ahora el cielo también comenzaba a quebrarse. Las grietas oscuras se extendían rápidamente, persiguiéndolo, como si quisieran atraparlo.
Finalmente, las grietas del suelo lo alcanzaron. Leo sintió cómo el piso desaparecía bajo sus pies y cayó al vacío.
Mientras descendía, el miedo comenzó a ser reemplazado por una sensación extraña: calma. Alrededor de él comenzaron a aparecer esferas brillantes, flotando en el vacío. Cada una contenía imágenes, momentos que reconoció al instante.
La primera esfera mostraba a un bebé de apenas 6 meses, riendo mientras sostenía una cuchara que su madre, más joven y sonriente, le guiaba a la boca.
Mi primera comida -susurró Leo mientras observaba la escena.
Otra esfera reveló sus primeros pasos, dados con torpeza pero llenos de emoción al cumplir un año. Sus padres lo animaban con aplausos, aunque Leo notó algo extraño: la sonrisa de Saúl se veía forzada, como si ya en ese momento algo faltara.
En otra esfera, vio el momento en que dijo su primera palabra. Tenía 8 meses y, sentado en el regazo de Saúl, balbuceó "papá". Saúl lo levantó con orgullo, mientras Lorena reía con alegría.
La siguiente esfera era menos alegre: Leo tenía 2 años y corría fuera de su baño, escapando de la rutina del orinal. Sus padres lo perseguían entre risas, pero había algo en el recuerdo que lo inquietaba. Aunque era feliz, empezaba a percibir cierta tensión en la relación de sus padres.
A medida que seguía cayendo, las esferas se multiplicaban, mostrando momentos felices y dolorosos. Una mezcla de amor, abandono y esfuerzo por encontrar su lugar en el mundo se hacía evidente en cada fragmento de su vida.
Leo estiró la mano, intentando tocar una de las esferas, pero esta se desintegró al contacto, dejándolo con una sensación de vacío aún mayor.
¿Qué significa todo esto? -gritó al vacío, esperando una respuesta.
De pronto, escuchó una voz familiar, pero distante. Era la voz de Verónica, llamándolo desde el mundo real.
Leo, despierta. Por favor, despierta. Te necesitamos.
El vacío empezó a temblar, y las esferas comenzaron a desmoronarse. Leo entendió que el mundo perfecto no era más que una ilusión, y que debía luchar para regresar, para enfrentar su realidad y recuperar el control de su vida.
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