CAPITULO 97 PARTE 3:
Una vez en casa, Leo se sintió más tranquilo, rodeado de las personas que amaba y que lo apoyaban. Se había asegurado de que Isabela estuviera segura y cómoda en sus brazos, disfrutando del pequeño momento de paz que tanto necesitaba después de todo lo sucedido.
Isabela, como siempre, estaba llena de energía. Su risa inocente llenó la habitación cuando comenzó a mover la cabeza al ritmo de la música que se escuchaba en el fondo. Leo, viéndola tan feliz, no pudo evitar imitarla. Movió la cabeza de un lado a otro, como si estuviera bailando, y cada vez que lo hacía, Isabela reía aún más fuerte.
Mira, Isa, ¡estoy bailando como tú! -dijo Leo con una sonrisa enorme mientras giraba un poco sobre sus pies, haciéndola reír aún más.
Josefina y Martín los observaban desde el sillón, contentos de ver a Leo tan relajado, disfrutando del momento. Martín, con una mirada llena de orgullo, le dijo a Josefina:
Parece que Leo finalmente está dejando atrás todo el peso que llevaba.
Josefina asintió, sonriendo con ternura al ver a su hijo mayor tan feliz, aunque sabía que aún había mucho trabajo por hacer. Pero en ese instante, no había dudas: Leo estaba rodeado de amor, algo que nunca tuvo con sus padres biológicos. Y eso, para ella, era lo más importante.
Mientras tanto, Isabela estiró las manitas hacia Leo, pidiendo que la levantara más alto. Con una sonrisa, Leo la alzó y la giró en el aire, provocando una risa que se mezclaba con la suya.
¡Vuela, Isa! ¡Vuela! -dijo, mientras la giraba por el aire.
Isabela no podía dejar de reír, disfrutando al máximo de la compañía de su hermano mayor, quien, a pesar de todo lo que había vivido, sabía cómo hacerla sentir segura y amada.
Era un pequeño pero significativo momento de calma en medio de la tormenta. Leo, aunque con cicatrices profundas, seguía demostrando que su amor por su familia, y sobre todo por sus hermanos, era inquebrantable.
Al momento de la cena, la familia estaba reunida en torno a la mesa, disfrutando de la calma después de días tan agitados. Leo, con paciencia y cariño, colocó a Isabela en su silla alta, asegurándose de ajustarla bien para que estuviera cómoda. Luego le colocó un babero con un diseño de ositos que a Isa le encantaba.
Muy bien, princesa, ¿lista para comer? -le preguntó mientras le acariciaba suavemente la cabecita.
Josefina había preparado un delicioso pollo al horno, y Leo se encargó de cortar unos trocitos pequeños para Isabela, poniéndolos en su plato. Sin embargo, Isa, siendo la niña testaruda que era, al principio frunció el ceño y giró la cabeza.
Vamos, Isa, es pollo, ¡tu favorito! -dijo Leo con una sonrisa, intentando convencerla.
Pero cuando vio que Isa seguía negándose, decidió cambiar de táctica. Con una sonrisa astuta, tomó un pedacito de pollo y se lo llevó a la boca.
Mmm, está delicioso. Ahora te toca a ti, Isa. Uno para ti y uno para mí, ¿qué te parece? -dijo, acercándole otro pedazo de pollo con el tenedor.
Isa, intrigada por el juego, aceptó el primer bocado. Luego, siguiendo la dinámica, tomó un pedacito y se lo ofreció a Leo, quien fingió una exagerada expresión de deleite al comerlo.
¡Guau, Isa! ¡Eres la mejor compartiendo! -exclamó Leo entre risas.
El juego continuó hasta que Isa terminó todo su plato, algo que al principio parecía imposible. Cuando terminó el último bocado, Josefina, Martín y Leo comenzaron a aplaudir.
¡Bravo, Isa! -dijo Josefina con una enorme sonrisa.
¡Eres una campeona! -agregó Martín, levantando su vaso en un gesto de celebración.
Leo le dio un beso en la mejilla a su hermanita y le dijo:
Sabía que podías hacerlo, princesa. Eres increíble.
Isa, aunque con las mejillas llenas de pollo, les devolvió una gran sonrisa, disfrutando de la atención y el cariño de su familia. Fue un momento sencillo pero lleno de amor, demostrando que incluso las pequeñas victorias podían ser motivo de celebración.
El sábado durante la cita de Vero y Leo
Estaban en una heladería disfrutando de su helado como hacían cada sábado en su citas después de pasear y de comer su helado
Leo en tarea de hermano mayor llevo a Isabela al parque
Te la encargo, ¿eh? -bromeó Vero mientras caminaban hacia el parque.
Ya sabes que es mi terremoto favorito -respondió Leo con una sonrisa mientras cargaba a Isa, que movía sus manitas emocionada.
Isa ese día estaba traviesona tanto que no le quería hacer caso a su hermano pero si le hacia caso a Vero
Isa estaba corriendo de un lado a otro, ignorando los llamados de su hermano. Pero, curiosamente, cuando Vero le pedía algo, Isa obedecía sin dudar.
Leo, fingiendo estar herido, se llevó una mano al pecho y lanzó un suspiro dramático. -¿Así que ahora la quieres a ella en vez de a mí? ¿Dónde quedó nuestro lazo especial, Isa?
Vero soltó una carcajada mientras Isa se acercaba a ella con una sonrisa traviesa. Creo que me estoy ganando el título de favorita.
Leo se arrodilló frente a Isa, haciéndole pucheros exagerados. -¿No me digas que ya no soy tu Leo favorito?
Isa, divertida con el tono teatral de su hermano, se acercó y le dio un beso en la mejilla antes de volver corriendo hacia Vero.
¡Traidora! -gritó Leo entre risas, provocando que Isa soltara una carcajada infantil que se escuchó por todo el parque.
No te preocupes, Leo -bromeó Vero.- Siempre serás su héroe… aunque de vez en cuando cambie de equipo.
Leo negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír. Isa podía ser traviesa, pero momentos como esos le recordaban cuánto la adoraba. Y, bueno, al menos tenía a Vero para compartir el trabajo.
Ahora la quieres a ella en vez de a mi?-dijo dramático Leo al ver cómo Isa le pedía a Vero ir al baño-
No seas dramático Leo ella te quiere lo único es que el problema del baño es complicado tu no puedes entrar al baño de chicas y no puedes llevarla al baño de chicos
Leo puso una mano en su pecho, exagerando su expresión de dramatismo. ¡Primero me reemplaza como favorito y ahora me delega responsabilidades imposibles! ¡Oh, el dolor, la traición!
Vero rodó los ojos mientras sostenía la mano de Isa, que jalaba hacia la dirección del baño con impaciencia. -No seas ridículo, Leo. Es cuestión de lógica. No puedes entrar al baño de chicas, y llevarla al de chicos sería un caos.
¿Y qué hago entonces? -preguntó Leo, todavía en su modo teatral, aunque claramente preocupado por resolver el asunto.
Fácil. Yo la llevo -respondió Vero con una sonrisa de suficiencia. -Tú espera aquí como el buen hermano mayor que eres.
Isa, emocionada, soltó la mano de Leo y agarró la de Vero, como si su pequeña mente hubiera decidido que, en ese momento, Vero era la heroína que necesitaba.
¡Traidora! -gritó Leo tras ellas, aunque no pudo evitar reírse al ver a Isa saltar de emoción mientras caminaban hacia el baño.
Cuando regresaron, Vero llevaba a Isa de la mano, y esta traía una gran sonrisa de satisfacción. Leo, cruzado de brazos y con una ceja levantada, las miró con fingido reproche.
¿Todo bien, pequeñas conspiradoras? -preguntó, divertido.
Vero le dio una palmadita en el hombro. -Todo en orden, hermano mayor dramático. Ahora podemos seguir con tu labor heroica de cuidar a tu terremoto.
Isa extendió los brazos hacia Leo, riéndose, y él no pudo resistirse. La cargó y murmuró:
Eres mi terremoto favorito, aunque me traiciones.
Isa respondió dándole un beso en la mejilla, lo que hizo que Leo sonriera.-Vale, te perdono… pero solo porque eres linda.
Una vez que Isabela y Leonardo se enfermaron de varicela, la casa Rocket se convirtió en un caos controlado. Josefina y Martín tenían que trabajar, así que Vero, quien ya había pasado la varicela de pequeña, tomó la responsabilidad de cuidarlos. Por suerte, Manuel también había tenido varicela de niño y decidió echarle una mano a su amiga para manejar la situación.
Leo estaba tumbado en el sofá con una expresión de puro sufrimiento. -Esto es una tortura... -se quejó mientras intentaba rascarse el brazo.
¡Leo, no te rasques! -le reprendió Vero mientras le ponía guantes gruesos que había encontrado en el armario.
¿Es en serio? ¿Guantes de cocina? -protestó Leo, levantando las manos cubiertas con un aire dramático.
-Es eso o terminarás con cicatrices, y no creo que quieras parecer un mapa por el resto de tu vida -dijo Vero mientras intentaba contener una sonrisa.
Mientras tanto, en el cuarto de Isabela, Manuel estaba jugando con la pequeña para distraerla del picor. Isabela, aunque algo gruñona por la fiebre y las ronchitas, se reía cada vez que Manuel hacía caras tontas o le cantaba canciones infantiles.
¿Cómo logras que Isa no se rasque? -preguntó Vero, entrando al cuarto con un plato de sopa para la niña.
Tengo mis tácticas -respondió Manuel con una sonrisa.- Mucho carisma y algo de paciencia.
Deberías enseñarle a tu amigo dramático. -Vero señaló con la cabeza hacia el salón donde Leo seguía quejándose en voz alta.
Más tarde, después de que Isabela se quedara dormida, Vero y Manuel volvieron al salón para encontrar a Leo intentando convencer a Vero de que lo dejara quitarse los guantes.
Prometo que no me voy a rascar... mucho. -Leo puso su mejor cara de cachorro abandonado.
Ni lo sueñes -dijo Vero, cruzándose de brazos.- Eres peor que Isa para estas cosas.
Manuel se rió.
Creo que este es el castigo perfecto para ti, Leo. Los guantes te quedan bien.
¡Ja, ja! Muy gracioso -respondió Leo, rodando los ojos.
Vero, al escuchar el teléfono sonar, miró la pantalla y vio que era Guillermo, el abuelo paterno de Leo. Con una pequeña sonrisa, contestó.
Hola, Guillermo, ¿qué pasa? -dijo Vero, suavizando su tono al ver la preocupación en la voz del hombre.
Hola, Vero. Quería preguntar si sería posible que Osvaldo se quedara con ustedes un rato. También le dio la varicela, y Antonella no quiere que se acerque a nadie, ni siquiera a mí. -La voz de Guillermo sonaba algo cansada, como si ya hubiera hecho todo lo posible para tratar de manejar la situación.
Vero pensó un momento, mirando a Leo dormido en el sofá, su cuñada Isabela jugando tranquilamente en su cuna, ambos descansando después de un día lleno de fiebre y molestias.
Claro, Guillermo. No hay problema, que lo traigan. Manu y yo nos encargaremos de él. Vero le respondió con una calma que intentaba transmitir confianza.
Gracias, Vero. Ah, y por cierto, Nicholas no tuvo contacto con Osvaldo. Antonella se ha asegurado de que no se acerquen, así que no hay problema por eso.
Vero suspiró aliviada, pensando en que al menos ese problema estaba resuelto.
Perfecto. Entonces, tráelo hasta la puerta de la casa, que lo recibimos aquí. Ya sabes que con la varicela todo está un poco complicado, pero te lo cuidamos.
De acuerdo, Vero. Nos vemos en un rato.
Colgó el teléfono y se volvió hacia Manuel, que estaba en la sala con Isabela.
Manu, ¿estás listo para más trabajo? Osvaldo está en camino. -Vero dijo con una sonrisa, aunque sabía que tendrían que estar muy pendientes de los tres niños.
Manuel asintió con una sonrisa irónica. -¿Cuántos más, Vero? ¿Tres? ¿Cuatro? Me da que estamos a punto de ser una guardería.
Vero se rió, a pesar del cansancio. -Hoy parece que sí, pero será divertido, ¿verdad?
Mientras tanto, el abuelo Guillermo, con un respiro de alivio por saber que Osvaldo estaría bien cuidado, cargaba a su nieto con cuidado para llevarlo a la casa de los Rockets. Sabía que, aunque la situación fuera difícil, los pequeños estarían bien con Vero y Manuel.
Cuando Osvaldo llegó a la casa, Guillermo lo ayudó a entrar, y Vero lo recibió con una sonrisa amable.
Bienvenido, Osvaldo. Vamos a ponerte cómodo. -le dijo mientras le señalaba un asiento junto a Leo.
Osvaldo, aunque se veía algo cansado y preocupado por la varicela, se sentó junto a su hermano mayor, quien se encontraba acostado en el sofá, frotándose la piel irritada por las manchas rojas que le cubrían el cuerpo.
Leo, aunque algo irritado por la picazón y con la temperatura elevada, notó la presencia de Osvaldo a su lado. Aunque no tenía muchas ganas de interactuar debido a su malestar, el hecho de tener a su hermanito cerca lo distrajo un poco.
¿Te sientes mal, Osvaldo? -preguntó Leo, sin ganas pero con un gesto de preocupación genuina.
Un poco. -Osvaldo se frotó los ojos, mirando a su hermano. -Pero no tanto como tú. ¿Cómo te va con la picazón?
Leo suspiró.
Es insoportable... Pero, al menos ahora me distraigo un poco con tu compañía. -dijo con una leve sonrisa, aunque la incomodidad seguía presente en su rostro.
Ambos se quedaron en silencio un momento, mientras Vero y Manuel se encargaban de prepararles algo para aliviar los síntomas. La presencia de Osvaldo al lado de Leo le dio algo de consuelo, y por un instante, olvidó un poco la incomodidad de la enfermedad. La picazón seguía ahí, pero con su hermano cerca, Leo pudo concentrarse en otra cosa, en lugar de solo en su malestar.
Vero pasó cerca de ellos, dándoles algo de agua y comprobando cómo estaban. Al ver la interacción entre los dos hermanos, sonrió, sabiendo que el hecho de estar juntos los hacía sentir más tranquilos.
Vamos a hacer que se sientan mejor. -dijo Vero con optimismo, mientras les daba unos remedios para calmar la fiebre y la picazón.
Leo, aunque cansado, se sintió reconfortado por la presencia de su hermanito y por el apoyo de Vero y Manuel. Aunque la varicela no era algo fácil de llevar, tener a su familia cerca lo hacía todo un poco más soportable.
Finalmente Josefina y Martín llegaron de trabajar
Como están mis enfermos?-preguntó Josefina-
Gruñón e irritable míralo-señaló con la cabeza hacia Leo donde este intentaba rascarse hasta con los guantes puestos-no ha parado de rascarse incluso con los guantes puestos
Josefina dejó escapar un suspiro mientras se quitaba el abrigo. -Leo, ¿sigues con esa actitud? ¿No puedes relajarte ni un poco? -preguntó con una mezcla de paciencia y cansancio.
¡Esto es un tormento! -protestó Leo desde el sofá, levantando las manos con los guantes gruesos. -¡Parezco un payaso con estos guantes de cocina!
Eres un caso perdido, hijo -comentó Martín con una sonrisa mientras pasaba junto a él.- ¿Dónde están los demás?
Isabela está dormida en su cuarto, y Osvaldo está aquí en el sofá con Leo. Por ahora todo está bajo control -informó Vero, mientras limpiaba una de las mesas del comedor.
¡Por ahora! -bromeó Manuel desde la cocina, donde estaba preparando té para todos. -Porque si Leo sigue quejándose, voy a tener que buscarle un bozal además de esos guantes.
Leo lanzó una mirada irritada hacia Manuel, pero no dijo nada. Estaba demasiado cansado para responder con su habitual sarcasmo. Osvaldo, a su lado, sonrió tímidamente ante la broma, aunque él también se sentía algo molesto por su propia incomodidad.
Josefina se acercó a Vero y le puso una mano en el hombro.
Gracias por todo, Vero. Eres un verdadero ángel por cuidar a estos tres mientras nosotros estábamos fuera.
No hay de qué, Josefina. Manuel y yo hicimos lo mejor que pudimos. Aunque creo que ambos necesitamos unas vacaciones después de esto -bromeó Vero, haciendo que Josefina soltara una risa suave.
Martín miró a Leo y luego a Osvaldo. -Chicos, prometo que esto pasará rápido. Solo tienen que aguantar un poco más. ¿Qué tal si vemos una película juntos? Así se distraen.
Leo hizo una mueca, pero finalmente asintió, sabiendo que no tenía muchas opciones más.
Está bien, pero yo elijo la película.
¿Algo que no sea sobre karate? -preguntó Vero, levantando una ceja.
No prometo nada -respondió Leo, medio sonriendo.
Mientras Martín buscaba una película y Josefina ayudaba a Osvaldo a acomodarse mejor, Vero y Manuel se sentaron cerca, listos para cualquier nueva necesidad de los enfermos. Aunque la casa estaba llena de caos, había una sensación de unidad que hacía que todo pareciera un poco más llevadero.
Mientras veían la película
El teléfono de Leo sonó era Guillermo
Es mi abuelo seguro pregunta por Osvaldo-dijo Leo-¿Quieres contestar tu Vero y decirle que pasara la noche aquí para que mañana vayamos al medico los tres juntos?
Vero tomó el teléfono sin dudarlo y contestó con su voz tranquila y confiada:
Hola, Guillermo. Soy Vero.
Hola, Vero. ¿Cómo están Osvaldo y Leo? ¿Alguna mejora? -preguntó Guillermo, su tono lleno de preocupación.
Por ahora están estables. Leo sigue siendo gruñón como siempre, pero ya se está acostumbrando a los guantes -dijo Vero con una sonrisa mientras miraba a Leo, quien rodó los ojos, aunque no pudo evitar sonreír un poco. -Osvaldo está tranquilo. Lo cuidaremos aquí esta noche para que mañana podamos llevarlos a los tres al médico juntos.
¿Estás segura? No quiero causarles más molestias.
No te preocupes, Guillermo. Entre Manuel, Josefina y yo, podemos con ellos. Es mejor que se quede aquí para que estén juntos y bien atendidos.
Guillermo suspiró, aliviado. -Gracias, Vero. No sé que haríamos sin ti. Les llevaré algunas cosas de Osvaldo temprano en la mañana.
Perfecto. Nos vemos mañana. No te preocupes, están en buenas manos.
Cuando Vero colgó, Leo la miró con una ceja levantada.
¿Qué le dijiste?
Solo que soy una santa por soportarte a ti y a tus guantes de cocina -bromeó Vero, devolviéndole el teléfono.
Leo dejó escapar una risa sarcástica mientras los demás en la sala se reían suavemente. La película continuó, pero con un ambiente más relajado. Con Vero y Manuel al mando, parecía que todo estaba bajo control, incluso en medio del caos de la varicela.
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